
Hoy, 27 de enero, el Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, nos invita a dejar de lado el murmullo habitual de los estadios para escuchar, aunque sea un instante, el eco estremecedor de la historia. ¿Puede el fútbol —símbolo universal de vida, pasión y esperanza— surgir, siquiera por un momento, junto a la maquinaria de la muerte nazi? Contra todo pronóstico, así fue.
A pocos metros de crematorios y cámaras de gas, en las arenas del exterminio como Auschwitz, Birkenau o Mauthausen, rodó un balón. Es imposible imaginarlo hoy: allí donde la vida parecía haberse extinguido bajo el humo de las chimeneas, el fútbol sirvió a algunos para aferrarse a la humanidad y, en ocasiones, sobrevivir un día más.
El sector BIIf de Auschwitz, con su campo de fútbol improvisado tras los barracones, es narrado con sobrecogedora franqueza por Tadeusz Borowski, quien describía la escena en su obra ‘This Way for the Gas, Ladies and Gentlemen’. Era apenas un claro entre alambradas, cerca de las vías por donde los deportados —recién llegados y exhaustos— descendían a lo desconocido. Allí, bajo la amenaza constante de los SS, algunos presos encontraron en el balón un último refugio. Walter Winter, otro superviviente, recordaba en sus memorias el contraste brutal: juegos interrumpidos por la presencia omnipresente de muerte y dolor.
En ese terreno, donde el fútbol y la tragedia compartían espacio, la pelota era más que un objeto: era resistencia. El simple hecho de jugar, arriesgando la vida por un fugaz momento de normalidad, fue relatado por Luis Gil, uno de los prisioneros españoles en Mauthausen, quien reconocía que la moral y la fuerza surgían, aunque fuera por unos minutos, de armar un partido. “Nos sentimos más fuertes”, recordaba más tarde.
Los nazis, conscientes del poder simbólico del deporte, permitían en ocasiones estos encuentros, ya fuera para aparentar una normalidad atroz ante los visitantes o para incentivar la productividad. Sin embargo, para los prisioneros, representar una Liga improvisada en un gueto, como en Terezín, o en Dachau, era un frágil acto de desafío a la muerte. Como recuerda el historiador Maximilian Luetgens, incluso los más jóvenes aficionados del Bayern de Múnich conocen hoy el valor pedagógico de esos partidos en las jornadas educativas que organiza el memorial de Dachau.

El fútbol en los campos fue, en muchos casos, una fina línea entre la vida y la muerte. El balón les podía incluso alejar de los trabajos más duros o asegurar una ración extra de comida. “Sobreviví... sobre todo, gracias a hacer deporte antes de llegar y por ser el portero en los partidos de fútbol”, testimonió Bronislaw Cynkar desde Auschwitz. Fue un privilegio efímero, pero, a la vez, una chispa de vida ante el abismo.
Hoy, 81 años después de la liberación de Auschwitz, este legado nos recuerda que ningún estadio, ningún campo de juego, debería levantar jamás de nuevo sus límites sobre suelos de muerte. Recordamos, homenajeamos, insistimos: memoria, para impedir que el balón vuelva a rodar sobre el horror.
La historia del fútbol en los campos de concentración nos muestra que, incluso en el infierno, las personas buscarán su espacio para resistir, soñar y, aunque sea brevemente, vivir.
Actualmente no hay cuotas oficiales disponibles para este tema histórico y de memoria. Si deseas adentrarte en el mundo de las apuestas deportivas con responsabilidad, visita a nuestro socio oficial:
Recuerda: Juega siempre con responsabilidad. El juego debe ser solo una forma de entretenimiento.

Comentarios (0)